Hace alrededor de 3.500 años Dios, con su gran poder, sacó a su pueblo elegido de la cautividad en Egipto y lo llevó a un nuevo mundo de esperanza. El pueblo que cargó sus pertenencias y siguió las huellas de Moisés, atravesó el Mar Rojo, y llegó al Monte Sinaí, estaba lleno de esperanza. Pero, ¿cómo sabía Moisés hacia dónde dirigirse? La respuesta evidente es "porque Dios le indicó el camino", pero Dios no le dio las coordenadas de latitud y longitud hacia donde debía ir. En cambio, Dios lo dirigió a través de una columna de nubes y de fuego. Dios se hizo visible para dirigir a su pueblo, y así ellos siguieron al Señor todopoderoso. Cada uno de los israelitas que levantaba la vista al cielo veía la presencia visible de Dios.
Así fue también con los sabios de Oriente... llegaron hasta el niño Jesús siguiendo la estrella que les mostraba dónde encontrarlo.
El don de la visión es un sentido muy poderoso. Simeón contempla al niño Jesús en el templo. Andrés corre a contarle a su hermano que ha visto al Mesías. A Tomás se le cumple su deseo de "ver para creer". Pedro no le quita los ojos de encima a Cristo. ¿Es de asombrarse entonces que, basándose en lo que ha visto, Pedro predique con tanta pasión? Como testigo ocular de la majestad del Dios hecho carne, su mensaje no es una historia imaginada, sino un informe real de lo que ha visto con sus propios ojos: el Salvador resucitado.
Nosotros también veremos cara a cara la gracia de Dios hecha carne-el Cristo resucitado-que ilumina con su luz los rincones más oscuros de nuestras vidas y, en la presencia del Padre, nos dice que somos perdonados. ¡Ven, Emanuel!
ORACIÓN: Misericordioso Padre, haz brillar la luz de tu gracia en mi vida. A través de tu Palabra y Sacramentos ayúdame a conocer y seguir cada vez más a Jesús hasta que llegue el momento en que lo veré cara a cara. En su nombre. Amén.
Pastor Landon Ledlow Prince of Peace Lutheran Church Carrollton, Texas |